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Terra
La Coctelera

CORDURA

Cuando regresen de su vuelo imaginario

y descubran que no tienen alas,

habrán aprendido, al menos, a ser hombres.

Habrán aprendido que soñar despiertos

es como vivir dormidos,

y que la realidad, la pura y simple realidad,

ese maldito reloj que nos mata, que nos mide,

es el único poso que nos queda al final del camino,

porque el alma, eso que llaman alma, no existe,

como no existen los dioses ni los ángeles,

ni la fórmula mágica, ni la eterna juventud.

Por eso el pensamiento muere,

y tan sólo la materia de la que estamos hechos permanece…

Y, sin embargo, adoramos la mentira.

Queremos ser eternos, hermosos, únicos.

Por eso sigue habiendo gentes estúpidas e ilusas

que malgastan su preciado tiempo en escribir literatura.

En cambio, el río, que sí que es sabio,

se conforma con pasar de largo por el mundo,

adormecido en su propio rumor,

del que nacen los mares, las nubes y la lluvia,

mientras nosotros miramos a lo lejos

queriendo alcanzar lo inalcanzable,

queriendo olvidar que sólo somos tierra.

Amado Gómez Ugarte.

 

LAS COMIDAS

-Doctor, últimamente me sientan mal las comidas.

-¿Dónde come usted?

-En casa.

-¿Y cocina usted?

-No, me pone la comida mi mujer.

-Pues ése es el problema, cocine usted. Nadie se cuida mejor que uno mismo.

-Pero yo no sé cocinar, a mí no me va eso de ser cocinero.

-Si no es tan difícil, sólo hay que poner un poco de voluntad. Mire, yo, por ejemplo, cocino estupendamente.

-Oiga, doctor, que yo no pienso ponerme a cocinar. Eso es cosa de mujeres…

-Pues entonces, esto no tiene arreglo. Fíjese que pienso que su mujer se ha cansado de cocinar para usted, de tenerle la comida a su hora, de fregar, limpiar y todas esas cosas. Y seguramente ha conocido a otro hombre que sí sabe cocinar y ha decidido librarse de usted para siempre. Es posible que su mujer le eche veneno en las comidas…

-¡Pero qué dice usted!

Y el tipo se marchó a toda prisa de la consulta, pensando que yo estaba loco. Un mes después falleció y su mujer se vino a vivir conmigo.

Amado Gómez Ugarte

Amado Gómez Ugarte. Entrevista en Canal Euskadi sobre la novela EL ÚLTIMO MONO (Editorial Verbigracia)

Segunda parte de la entrevista:

NUEVAS ENTREVISTAS

Entrevistas sobre mi novela EL ÚLTIMO MONO

Entrevista en DIARIO DE NOTICIAS

Entrevista en el periódico GARA

Entrevista en el periódico EL CORREO

SANTA SEMANA

La Semana Santa sólo es santa para los que se quedan crucificados en
casa aguantando la programación católico-familiar de las distintas
televisiones, que siempre por estas fechas nos retorna al pasado más
inamovible con películas de asignatura de religión como Ben-Hur, Quo
vadis, Los diez mandamientos y otras por el estilo. Para los sufridos
ciudadanos que permanecemos estos días en el hogar padeciendo como
verdaderos nazarenos. Los demás, los que se largan de vacaciones, van a
divertirse y a correrse unas alegres juerguecitas. De hecho la costa
mediterránea está a tope de marcha por estas fechas. Y no digamos las
famosas procesiones. No hace falta más que darse un paseíto matutino
por Sevilla, al día siguiente de una procesión, para comprobar el
estado de suciedad, sobre todo vasos de plástico y botellas vacías que
adornan el suelo de todo el recorrido. Vamos, que allí se ha bebido más
vino y cerveza que en una bacanal romana, y no acierta uno a distinguir
si lo acontecido ha tenido que ver en realidad con el fervor
procesional o con una movida propia de un multitudinario concierto de
rock and roll. Y es que si por algo nos distinguimos, y a mucha honra,
los habitantes del sur de Europa con respecto a los muermos del norte,
es porque somos capaces de convertir un entierro en un jolgorio.

Algunos nostálgicos del pasado, del paño morado y el rosario siempre a
mano, dirán que se ha perdido la seriedad que dominaba las vidas de los
ciudadanos y los acontecimientos religiosos hace unos años (cuando el
catolicismo era todavía operativo como poder político para la opresión
social), otros opinamos que afortunadamente el pueblo ha desdramatizado
la Semana Santa, y la mayoría de la población disfruta de los ritos y
las vacaciones sin que se le altere la sonrisa y sin vocación de
penitentes crónicos. Las procesiones tienen un indudable valor
sentimental, dramático, de representación, de teatro ambulante que
recorre pueblos y ciudades llenando las calles de tradición y
simbología. Pero aquella sensación de contagio colectivo con la
tristeza, de luto obligatorio al por mayor y melancolía extrema que
pretendían inculcarnos en tiempos pretéritos, ha sido sustituida por la
libertad individual de dejar una puerta abierta a la alegría. Y como el
pueblo es de natural alegre, ya tenemos una fiesta donde había un
dolor. Por eso tras el eco sombrío de las saetas resuena ahora la
música tecno-pop de las discotecas. Y la puritana mantilla da paso al
escueto bañador de media pieza en las nutridas playas del Mediterráneo
y Canarias.

Los únicos que llevamos con sufrimiento el capirote morado de la
penitencia y portamos con congoja las andas de la mortificación, somos
los que nos hemos tenido que quedar esta semana en casa viendo la
fúnebre televisión y sacando a pasear al perro.

Amado Gómez Ugarte

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Entrevista en el periódico EL CORREO

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Sinopsis de “El último mono” de Amado Gómez Ugarte

Santos Gómez en un encontrador de buscados. Él se define como una especie de arqueólogo que ahonda en lo aparente en busca de la verdad. Malvive en una pequeña oficina en las afueras de Bilbao y su vida es un callejón sin salida desde que hace doce años falleciese su mujer, cuyo recuerdo no ha podido desterrar. Es un perdedor, un borracho, un malhablado, un don nadie: el último mono. Un día recibe por teléfono el encargo de encontrar a una mujer desaparecida, que resulta ser la cuñada del candidato a alcalde de Bilbao de un partido nacionalista vasco. La trama se va enredando en un disparate constante. Se traslada a Madrid en busca de la mujer y durante ese viaje se hace cargo de un anciano que se ha perdido, tal vez voluntariamente. Acompañado del abuelo deambula por las calles de Madrid conociendo a una serie de personajes variopintos, que van empujando la trama de la novela hacia su desenlace. Todo es humor. La novela se convierte en una crítica mordaz y humorística de la sociedad, descarnada en ocasiones, puede que incluso tierna en otras. Una narración que utiliza el género policiaco como camino para contar muchas otras cosas.

EL NUEVO AÑO

Estamos a un paso de las celebraciones rutinarias del cambio de año. Si han cambiado ustedes de residencia, de pareja, de trabajo, de ideología, de religión, de médico, de coche, de sexo, entonces ustedes comienzan de verdad un año nuevo. Si no es así, todo será igual que el anterior.
Cada año que pasa queremos creer que somos un poco más maduros, más atractivos, más experimentados. Pero lo que somos es más viejos, más canosos y más puteados por la vida. Nos empeñamos en hacer de cada año acabado un año nuevo, de cada remiendo un vestido a estrenar, de cada desenlace un prólogo. Y lo hacemos porque necesitamos fingir que renacemos cada fin de año de nuestras propias cenizas (como el ave fénix), que no perdemos la juventud del todo, que algo queda, que detrás de la última puerta puede haber un principio. Es nuestra manera de resistir (de soportar) año tras año sin que, en realidad, nada cambie.
Al nuevo año le pedimos todos los años las mismas cosas. Lo cual quiere decir que nunca se cumplen del todo nuestras expectativas, nuestros deseos, si acaso algunas migajas de felicidad comprable (iva incluido) o un poco de suerte en los negocios. El campesino mira al cielo, esperando cosecha, y el urbanita mira hacia los altibajos de la Bolsa, esperando lo mismo. Pero los dos esperan poco, porque las grandes esperanzas sólo existen para los ciudadanos corrientes en los libros y las películas. Son los gobiernos los que tienen la última palabra, los que manejan cifras macroeconómicas y deciden cuando es conveniente decir que el país va bien y que todos debemos alegrarnos. Sepultando en la tumba del olvido a los parados y trabajadores en precariedad temporal, como hacían los faraones egipcios, que enterraban vivo a todo el personal de palacio, lo cual es una manera excelente de reinicializarse, de hacer borrón y cuenta nueva.
Pero lo más recomendable, para no llevarnos dolorosos desengaños en el nuevo año, es conformarse con lo habido y lo sido en el anterior. Como aquellos tuertos que fueron a Lourdes en busca de un milagro y, viendo pasar a un grupo de ciegos, se pusieron a gritar aquello de "Virgencita, Virgencita, que nos quedemos como estamos". En fin, ya me entienden.
Cada año, también, de una manera maquinal se pide y desea paz. Se pide y desea de un modo indeterminado, abstracto, ideal, puro, espiritual, incluso idiota. Como si la paz fuese una concesión de Dios o del destino, que se alcanzase por vía del milagro o la casualidad. Pues no es así. La paz hay que pedírsela (mejor exigírsela) a quienes tienen, aquí en la Tierra, más poder sobre la vida ajena que Dios o el destino, me refiero a quienes manejan armas y las usan o las guardan vigilantes amedrentando a los ciudadanos pacíficos.
Bueno, esperemos que este año que comienza, y que pronto dará sus primeros torpes pasos, no ocurra nada peor y que siempre quede un puente o un istmo en nuestra vida, que nos permita avanzar sin quedar aislados del resto de la gente, del resto de los ciudadanos. Y que juntos, al menos, caminemos…

Amado Gómez Ugarte

MUESTRARIO DE LA VIDA

Aquella sábana había atravesado varios sueños antes de ser colgada. Fue vela al viento en ese océano oscuro e insondable donde navegan los silencios de la noche sobre las olas gigantescas de la imaginación. Envolvió las caricias de un amor inventado que dos manos forjaron moldeando la nada con el barro intangible del deseo hecho mar, alfarero de senos de sirenas varadas y cabellos de espuma adornados de sal. Al llegar la tormenta, se tornó en tierra firme, una sábana blanca que cubría el cadáver del marino dormido, encontrado en la costa como único resto del naufragio infinito que amortaja las almas en el pozo sin fondo de la cruel soledad.

Los calcetines repasados son de un poeta que invirtió sus versos, ahorros de toda la vida, en un mal negocio: la esperanza. Y ahora, perdida, se lamenta de lo torpe que fue poniendo el alma en perseguir la utopía, llegando tan lejos donde ningún lector pudo seguirle, negándose a ofrecer a buen precio la cómoda caricia de lo fácil. Sus versos son calcetines rotos, recosidos, que penden en el tendedero de la vida como los ajusticiados antiguos colgaban en las plazas para escarnio propio y ejemplo de las masas.

El sostén negro con que la viuda recibió el pésame. Está ahí, mostrando al mundo la concavidad que nunca más palpará el difunto, si alguna vez lo había hecho, pero que ahora es reclamo para otras manos, también lo había sido antes, porque el dolor de estómago después del desayuno que lo llevó a la tumba tenía algo que ver con el cianuro. La viuda lo ha dejado pendiendo de una pinza, negro y con encajes, como un reto de maravillosa continuidad, como ese dinosaurio que todavía estaba allí al despertar.

Las medias de seda, que el novio improvisado le había regalado a la muchacha del quinto izquierda a cambio de un beso en la mejilla. Rotas ya del uso en la barra del bar donde trabaja para mantener al hijo que engendró ese maldito casto beso. De eso hace ya un año o cuatro, que fue un veintinueve de febrero. Ahora vende su amor por las esquinas, pero no deja que nadie más la bese.

Los calzoncillos que no llegó a ponerse nunca el abuelo. Lavados para nuevo uso. Alguien se los pondrá mañana. La ropa no puede tirarse. No es cierto que el abuelo se muriese. Estaba muerto hacía veinte años: olía, sabía y se palpaba ya como un cadáver. Desde que la abuela encontró un quirófano en el que dejar sus penas. A la gente se la entierra por evitarse la molestia de seguir teniéndolos delante. El abuelo podría haberse quedado tan tranquilo en su silla de mimbre, en la entrada de la casa, viendo pasar el tiempo como quien mira un río. Lo suyo era mirar. Sus calzoncillos estaban sin usar, pero los han lavado. Todo lo que tocaba el abuelo se lavaba, porque la vejez es una enfermedad contagiosa.

El chándal, Adidas, o algo así, del vecino de arriba. Que se empeñó en cuidar el cuerpo sobre todas las cosas, por culpa de la televisión y del aburrimiento. Iba al gimnasio todas las mañanas, hacía pesas, largas marchas en una cinta corredora, flexiones hasta desencajarse, natación y pádel, más flexiones, en un círculo vicioso de hedonismo. Lo único que consiguió con tanto esfuerzo fue tener pie de atleta. Y eso es una infección por hongos.

Un par de viejos pantalones sin remedio, que llevan colgados media vida. Nadie piensa recogerlos porque nadie vive ya en ese piso. Sus habitantes fueron desahuciados por no pagar las letras de la enciclopedia más grande conocida. También debían un café con leche en el bar de abajo y muchos saludos sin devolver. Vivían nada más que para sus libros. Eran gente que leía demasiado y no supo endeudarse, como los demás, por cosas realmente importantes: el frigorífico, un coche cuatro puertas, las vacaciones de verano, la comunión de los hijos, el perdón de los pecados, la eterna vida...

El monólogo de un sujetador con una braga, dos piezas del mismo rompecabezas, es un monólogo tan interior como la literatura de Virginia Woolf. Por cierto, Virginia Woolf no es una marca de corsetería, pero podría serlo. Ya lo creo que podría serlo.

Los trapos de cocina, el mantel, las servilletas, las toallas, el delantal, los pañuelos, la bayeta de quitar el polvo... Todas las criaturas de este mundo caben en un colgadero.

La ropa tendida no es otra cosa sino un muestrario de la vida.

Amado Gómez Ugarte