Sueños son http://amagomis.espacioblog.com Blog de literatura de Amado Gómez Ugarte es-es Cultura cuentos escritos http://s3.amazonaws.com/lcp/amagomis/f/36355b2fff5e85b31b10477694f8958a.jpg Sueños son http://amagomis.espacioblog.com the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com CORDURA http://amagomis.espacioblog.com/post/2008/10/29/cordura 2008-10-29T07:12:01+00:00

Cuando regresen de su vuelo imaginario

y descubran que no tienen alas,

habrán aprendido, al menos, a ser hombres.

Habrán aprendido que soñar despiertos

es como vivir dormidos,

y que la realidad, la pura y simple realidad,

ese maldito reloj que nos mata, que nos mide,

es el único poso que nos queda al final del camino,

porque el alma, eso que llaman alma, no existe,

como no existen los dioses ni los ángeles,

ni la fórmula mágica, ni la eterna juventud.

Por eso el pensamiento muere,

y tan sólo la materia de la que estamos hechos permanece…

Y, sin embargo, adoramos la mentira.

Queremos ser eternos, hermosos, únicos.

Por eso sigue habiendo gentes estúpidas e ilusas

que malgastan su preciado tiempo en escribir literatura.

En cambio, el río, que sí que es sabio,

se conforma con pasar de largo por el mundo,

adormecido en su propio rumor,

del que nacen los mares, las nubes y la lluvia,

mientras nosotros miramos a lo lejos

queriendo alcanzar lo inalcanzable,

queriendo olvidar que sólo somos tierra.

Amado Gómez Ugarte.

 

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LAS COMIDAS http://amagomis.espacioblog.com/post/2008/09/24/las-comidas 2008-09-24T14:48:59+00:00

-Doctor, últimamente me sientan mal las comidas.

-¿Dónde come usted?

-En casa.

-¿Y cocina usted?

-No, me pone la comida mi mujer.

-Pues ése es el problema, cocine usted. Nadie se cuida mejor que uno mismo.

-Pero yo no sé cocinar, a mí no me va eso de ser cocinero.

-Si no es tan difícil, sólo hay que poner un poco de voluntad. Mire, yo, por ejemplo, cocino estupendamente.

-Oiga, doctor, que yo no pienso ponerme a cocinar. Eso es cosa de mujeres…

-Pues entonces, esto no tiene arreglo. Fíjese que pienso que su mujer se ha cansado de cocinar para usted, de tenerle la comida a su hora, de fregar, limpiar y todas esas cosas. Y seguramente ha conocido a otro hombre que sí sabe cocinar y ha decidido librarse de usted para siempre. Es posible que su mujer le eche veneno en las comidas…

-¡Pero qué dice usted!

Y el tipo se marchó a toda prisa de la consulta, pensando que yo estaba loco. Un mes después falleció y su mujer se vino a vivir conmigo.

Amado Gómez Ugarte

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Amado Gómez Ugarte. Entrevista en Canal Euskadi sobre la novela EL ÚLTIMO MONO (Editorial Verbigracia) http://amagomis.espacioblog.com/post/2007/09/12/amado-gomez-ugarte-entrevista-canal-euskadi-sobre-novela 2007-09-12T16:17:50+00:00

Segunda parte de la entrevista:

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NUEVAS ENTREVISTAS http://amagomis.espacioblog.com/post/2007/04/16/nuevas-entrevistas 2007-04-16T15:53:58+00:00 Entrevistas sobre mi novela EL ÚLTIMO MONO

Entrevista en DIARIO DE NOTICIAS

Entrevista en el periódico GARA

Entrevista en el periódico EL CORREO

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SANTA SEMANA http://amagomis.espacioblog.com/post/2007/04/03/santa-semana-2 2007-04-03T11:18:12+00:00

La Semana Santa sólo es santa para los que se quedan crucificados en
casa aguantando la programación católico-familiar de las distintas
televisiones, que siempre por estas fechas nos retorna al pasado más
inamovible con películas de asignatura de religión como Ben-Hur, Quo
vadis, Los diez mandamientos y otras por el estilo. Para los sufridos
ciudadanos que permanecemos estos días en el hogar padeciendo como
verdaderos nazarenos. Los demás, los que se largan de vacaciones, van a
divertirse y a correrse unas alegres juerguecitas. De hecho la costa
mediterránea está a tope de marcha por estas fechas. Y no digamos las
famosas procesiones. No hace falta más que darse un paseíto matutino
por Sevilla, al día siguiente de una procesión, para comprobar el
estado de suciedad, sobre todo vasos de plástico y botellas vacías que
adornan el suelo de todo el recorrido. Vamos, que allí se ha bebido más
vino y cerveza que en una bacanal romana, y no acierta uno a distinguir
si lo acontecido ha tenido que ver en realidad con el fervor
procesional o con una movida propia de un multitudinario concierto de
rock and roll. Y es que si por algo nos distinguimos, y a mucha honra,
los habitantes del sur de Europa con respecto a los muermos del norte,
es porque somos capaces de convertir un entierro en un jolgorio.

Algunos nostálgicos del pasado, del paño morado y el rosario siempre a
mano, dirán que se ha perdido la seriedad que dominaba las vidas de los
ciudadanos y los acontecimientos religiosos hace unos años (cuando el
catolicismo era todavía operativo como poder político para la opresión
social), otros opinamos que afortunadamente el pueblo ha desdramatizado
la Semana Santa, y la mayoría de la población disfruta de los ritos y
las vacaciones sin que se le altere la sonrisa y sin vocación de
penitentes crónicos. Las procesiones tienen un indudable valor
sentimental, dramático, de representación, de teatro ambulante que
recorre pueblos y ciudades llenando las calles de tradición y
simbología. Pero aquella sensación de contagio colectivo con la
tristeza, de luto obligatorio al por mayor y melancolía extrema que
pretendían inculcarnos en tiempos pretéritos, ha sido sustituida por la
libertad individual de dejar una puerta abierta a la alegría. Y como el
pueblo es de natural alegre, ya tenemos una fiesta donde había un
dolor. Por eso tras el eco sombrío de las saetas resuena ahora la
música tecno-pop de las discotecas. Y la puritana mantilla da paso al
escueto bañador de media pieza en las nutridas playas del Mediterráneo
y Canarias.

Los únicos que llevamos con sufrimiento el capirote morado de la
penitencia y portamos con congoja las andas de la mortificación, somos
los que nos hemos tenido que quedar esta semana en casa viendo la
fúnebre televisión y sacando a pasear al perro.

Amado Gómez Ugarte

Ya esta a la venta mi nueva novela EL ÚLTIMO MONO

Editorial Verbigracia

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También se puede adquirir en:

EL CORTE INGLÉS

La FNAC

LA CASA DEL LIBRO
Entrevista en el periódico EL CORREO

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Mi nueva novela EL ÚLTIMO MONO http://amagomis.espacioblog.com/post/2007/01/11/mi-nueva-novela-ultimo-mono 2007-01-11T16:48:19+00:00

Ya está a la venta mi nueva novela, EL ÚLTIMO MONO, que se puede adquirir en la página web de la editorial www.verbigracia.com

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Entrevista en el periódico EL CORREO

Sinopsis de “El último mono” de Amado Gómez Ugarte

Santos Gómez en un encontrador de buscados. Él se define como una especie de arqueólogo que ahonda en lo aparente en busca de la verdad. Malvive en una pequeña oficina en las afueras de Bilbao y su vida es un callejón sin salida desde que hace doce años falleciese su mujer, cuyo recuerdo no ha podido desterrar. Es un perdedor, un borracho, un malhablado, un don nadie: el último mono. Un día recibe por teléfono el encargo de encontrar a una mujer desaparecida, que resulta ser la cuñada del candidato a alcalde de Bilbao de un partido nacionalista vasco. La trama se va enredando en un disparate constante. Se traslada a Madrid en busca de la mujer y durante ese viaje se hace cargo de un anciano que se ha perdido, tal vez voluntariamente. Acompañado del abuelo deambula por las calles de Madrid conociendo a una serie de personajes variopintos, que van empujando la trama de la novela hacia su desenlace. Todo es humor. La novela se convierte en una crítica mordaz y humorística de la sociedad, descarnada en ocasiones, puede que incluso tierna en otras. Una narración que utiliza el género policiaco como camino para contar muchas otras cosas.

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EL NUEVO AÑO http://amagomis.espacioblog.com/post/2006/12/29/el-nuevo-ano 2006-12-29T12:19:43+00:00 Estamos a un paso de las celebraciones rutinarias del cambio de año. Si han cambiado ustedes de residencia, de pareja, de trabajo, de ideología, de religión, de médico, de coche, de sexo, entonces ustedes comienzan de verdad un año nuevo. Si no es así, todo será igual que el anterior.
Cada año que pasa queremos creer que somos un poco más maduros, más atractivos, más experimentados. Pero lo que somos es más viejos, más canosos y más puteados por la vida. Nos empeñamos en hacer de cada año acabado un año nuevo, de cada remiendo un vestido a estrenar, de cada desenlace un prólogo. Y lo hacemos porque necesitamos fingir que renacemos cada fin de año de nuestras propias cenizas (como el ave fénix), que no perdemos la juventud del todo, que algo queda, que detrás de la última puerta puede haber un principio. Es nuestra manera de resistir (de soportar) año tras año sin que, en realidad, nada cambie.
Al nuevo año le pedimos todos los años las mismas cosas. Lo cual quiere decir que nunca se cumplen del todo nuestras expectativas, nuestros deseos, si acaso algunas migajas de felicidad comprable (iva incluido) o un poco de suerte en los negocios. El campesino mira al cielo, esperando cosecha, y el urbanita mira hacia los altibajos de la Bolsa, esperando lo mismo. Pero los dos esperan poco, porque las grandes esperanzas sólo existen para los ciudadanos corrientes en los libros y las películas. Son los gobiernos los que tienen la última palabra, los que manejan cifras macroeconómicas y deciden cuando es conveniente decir que el país va bien y que todos debemos alegrarnos. Sepultando en la tumba del olvido a los parados y trabajadores en precariedad temporal, como hacían los faraones egipcios, que enterraban vivo a todo el personal de palacio, lo cual es una manera excelente de reinicializarse, de hacer borrón y cuenta nueva.
Pero lo más recomendable, para no llevarnos dolorosos desengaños en el nuevo año, es conformarse con lo habido y lo sido en el anterior. Como aquellos tuertos que fueron a Lourdes en busca de un milagro y, viendo pasar a un grupo de ciegos, se pusieron a gritar aquello de "Virgencita, Virgencita, que nos quedemos como estamos". En fin, ya me entienden.
Cada año, también, de una manera maquinal se pide y desea paz. Se pide y desea de un modo indeterminado, abstracto, ideal, puro, espiritual, incluso idiota. Como si la paz fuese una concesión de Dios o del destino, que se alcanzase por vía del milagro o la casualidad. Pues no es así. La paz hay que pedírsela (mejor exigírsela) a quienes tienen, aquí en la Tierra, más poder sobre la vida ajena que Dios o el destino, me refiero a quienes manejan armas y las usan o las guardan vigilantes amedrentando a los ciudadanos pacíficos.
Bueno, esperemos que este año que comienza, y que pronto dará sus primeros torpes pasos, no ocurra nada peor y que siempre quede un puente o un istmo en nuestra vida, que nos permita avanzar sin quedar aislados del resto de la gente, del resto de los ciudadanos. Y que juntos, al menos, caminemos…

Amado Gómez Ugarte

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MUESTRARIO DE LA VIDA http://amagomis.espacioblog.com/post/2006/12/26/muestrario-la-vida 2006-12-26T13:11:00+00:00 Aquella sábana había atravesado varios sueños antes de ser colgada. Fue vela al viento en ese océano oscuro e insondable donde navegan los silencios de la noche sobre las olas gigantescas de la imaginación. Envolvió las caricias de un amor inventado que dos manos forjaron moldeando la nada con el barro intangible del deseo hecho mar, alfarero de senos de sirenas varadas y cabellos de espuma adornados de sal. Al llegar la tormenta, se tornó en tierra firme, una sábana blanca que cubría el cadáver del marino dormido, encontrado en la costa como único resto del naufragio infinito que amortaja las almas en el pozo sin fondo de la cruel soledad.

Los calcetines repasados son de un poeta que invirtió sus versos, ahorros de toda la vida, en un mal negocio: la esperanza. Y ahora, perdida, se lamenta de lo torpe que fue poniendo el alma en perseguir la utopía, llegando tan lejos donde ningún lector pudo seguirle, negándose a ofrecer a buen precio la cómoda caricia de lo fácil. Sus versos son calcetines rotos, recosidos, que penden en el tendedero de la vida como los ajusticiados antiguos colgaban en las plazas para escarnio propio y ejemplo de las masas.

El sostén negro con que la viuda recibió el pésame. Está ahí, mostrando al mundo la concavidad que nunca más palpará el difunto, si alguna vez lo había hecho, pero que ahora es reclamo para otras manos, también lo había sido antes, porque el dolor de estómago después del desayuno que lo llevó a la tumba tenía algo que ver con el cianuro. La viuda lo ha dejado pendiendo de una pinza, negro y con encajes, como un reto de maravillosa continuidad, como ese dinosaurio que todavía estaba allí al despertar.

Las medias de seda, que el novio improvisado le había regalado a la muchacha del quinto izquierda a cambio de un beso en la mejilla. Rotas ya del uso en la barra del bar donde trabaja para mantener al hijo que engendró ese maldito casto beso. De eso hace ya un año o cuatro, que fue un veintinueve de febrero. Ahora vende su amor por las esquinas, pero no deja que nadie más la bese.

Los calzoncillos que no llegó a ponerse nunca el abuelo. Lavados para nuevo uso. Alguien se los pondrá mañana. La ropa no puede tirarse. No es cierto que el abuelo se muriese. Estaba muerto hacía veinte años: olía, sabía y se palpaba ya como un cadáver. Desde que la abuela encontró un quirófano en el que dejar sus penas. A la gente se la entierra por evitarse la molestia de seguir teniéndolos delante. El abuelo podría haberse quedado tan tranquilo en su silla de mimbre, en la entrada de la casa, viendo pasar el tiempo como quien mira un río. Lo suyo era mirar. Sus calzoncillos estaban sin usar, pero los han lavado. Todo lo que tocaba el abuelo se lavaba, porque la vejez es una enfermedad contagiosa.

El chándal, Adidas, o algo así, del vecino de arriba. Que se empeñó en cuidar el cuerpo sobre todas las cosas, por culpa de la televisión y del aburrimiento. Iba al gimnasio todas las mañanas, hacía pesas, largas marchas en una cinta corredora, flexiones hasta desencajarse, natación y pádel, más flexiones, en un círculo vicioso de hedonismo. Lo único que consiguió con tanto esfuerzo fue tener pie de atleta. Y eso es una infección por hongos.

Un par de viejos pantalones sin remedio, que llevan colgados media vida. Nadie piensa recogerlos porque nadie vive ya en ese piso. Sus habitantes fueron desahuciados por no pagar las letras de la enciclopedia más grande conocida. También debían un café con leche en el bar de abajo y muchos saludos sin devolver. Vivían nada más que para sus libros. Eran gente que leía demasiado y no supo endeudarse, como los demás, por cosas realmente importantes: el frigorífico, un coche cuatro puertas, las vacaciones de verano, la comunión de los hijos, el perdón de los pecados, la eterna vida...

El monólogo de un sujetador con una braga, dos piezas del mismo rompecabezas, es un monólogo tan interior como la literatura de Virginia Woolf. Por cierto, Virginia Woolf no es una marca de corsetería, pero podría serlo. Ya lo creo que podría serlo.

Los trapos de cocina, el mantel, las servilletas, las toallas, el delantal, los pañuelos, la bayeta de quitar el polvo... Todas las criaturas de este mundo caben en un colgadero.

La ropa tendida no es otra cosa sino un muestrario de la vida.

Amado Gómez Ugarte

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El hombre oveja http://amagomis.espacioblog.com/post/2006/12/22/el-hombre-oveja 2006-12-22T18:31:28+00:00 Se habla mucho de los hombres lobo y muy poco de los hombres oveja. Y, sin embargo, lo que más abunda son los hombres oveja, que resultan mucho más dañinos, porque son reales, terriblemente ciertos y mortíferos para la especie humana, para la inteligencia de la especie humana, quiero decir. Y que conste que no tengo nada contra las ovejas, sufridas hembras del carnero y madres de corderos y borregos. La utilización que hago de su nombre es nada más que un simbolismo, un tropo. Pero sirve muy bien para alegorizar ciertas actitudes humanas de gregarismo colectivo, que ya fueron definidas por filósofos como Max Horkheimer y Theodor Adorno, cuando hablaban de los conformistas, que prefieren vivir obedeciendo órdenes antes que afrontar las dificultades cotidianas.

Al hombre oveja le gusta asociarse, saberse parte de una masa social. Para realizarse como persona, necesita sentirse pueblo, nación, integrante de una totalidad: cifra de una estadística, palabra de un discurso, gota de lluvia en un chaparrón. Es candidato inagotable a todo tipo de asociaciones: plataformas, agrupaciones, sindicatos, federaciones, cofradías, pandillas, mesnadas, peñas, comités, asambleas, tropas, sectas, etc. Es el ser menos independiente del mundo, aunque pertenezca a algún grupo independentista. Se le maneja en rebaño. No tiene opinión propia ni propiamente opinión. Se mueve por consignas y dictados. Firma donde haya otras firmas, grita cuando gritan los demás y calla cuando impera el silencio. Le encanta asistir a manifestaciones patrióticas, mítines políticos y campos de fútbol, allá donde muchas gargantas corean reiterativas las mismas frases hechas. No lee. Viste y calza según la norma indumentaria de su estado social y de su congregación ideológica. Y piensa, porque se lo han sugerido, que los que no son como él, de su misma raza, partido político y equipo de fútbol, son enemigos propios y del sistema. Incluso enemigos a batir.

Si dejamos que los hombres oveja dominen nuestras ciudades, la humanidad acabará convertida en una masa uniforme, un horrible monstruo totalitario que atropelle toda divergencia que le salga al paso. Da escalofríos sólo pensarlo. ¿Seremos devorados por los hombres oveja?
Amado Gómez Ugarte

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CUATRO VERDURAS FLOTANDO http://amagomis.espacioblog.com/post/2006/12/21/cuatro-verduras-flotando 2006-12-21T16:03:58+00:00 Juan Mendrugo se abrió paso entre la gente que hacía cola esperando la ración de sopa de la caridad. Empujó a un tipo flaco y mal vestido que alargaba su cazo en dirección a la monja. Lo quitó de en medio y se puso en su lugar. La monja era una anciana medio ciega y casi sorda, que no distinguía un mendigo de otro. Nadie protestó. Juan Mendrugo llevaba sujeto al cinto, de modo bien visible, un cuchillo de hoja grande. Probó la sopa y escupió.
-Agua templada con cuatro verduras flotando -dijo-. Mejor morir de hambre que comer esto...
Y arrojó la sopa contra los que le observaban. Luego miró a su alrededor con ojos inyectados en ira y sacó la navaja del cinto. Los que hacían cola se dispersaron calle arriba, y se quedaron solos él y la monja.
-Son unos malagradecidos -dijo la monja-. Marcharse así, sin dar siquiera las gracias... ¿Quiere usted un poquito más?

Al entierro de la monja asistieron todas las hermanas del convento, el capellán y la mujer del alcalde, que era muy devota. Al concluir la ceremonia, a la salida de la iglesia, un hombre malcarado y con la ropa sucia se acercó a los presentes y con gran soltura y tranquilidad pasó a cuchillo a las nueve monjas. Nadie se lo impidió. Eran todas mayores y corrían poco. Los curas estaban más ágiles y salieron al trote. La mujer del alcalde llevaba un vestido largo que le obligaba a dar pasos cortos, intentó remangarse, pero ya era demasiado tarde. Unos metros más allá de la plaza, Juan Mendrugo la alcanzó.
-¡No me mate! ¡No me mate! -gritó la señora-. Soy la mujer del alcalde, y doy limosnas para que los pobres, como usted, coman la sopa del convento.

Al entierro de la mujer del alcalde acudieron todas las personas importantes de la ciudad. Incluso el gobernador y su señora y los doce concejales del municipio. La iglesia estaba repleta y no quedaba un banco libre. El alcalde llevaba unas gafas oscuras que le permitían mirar las piernas de la secretaria del ayuntamiento, esas piernas tan bien formadas en las que esperaba pronto posar sus garras de viudo. Un coro de mujeres pías entonaba un canto fúnebre. De pronto se abrió la puerta del templo y entró un hombre con un cuchillo en la mano, que cerró la puerta por dentro. Se hizo un silencio sepulcral y todos se arrimaron a las paredes. Juan Mendrugo comenzó por la pared de la derecha y fue destripando gente hasta llegar a la de la izquierda. En el altar se entretuvo un rato con el cura y el monaguillo, y después subió al coro y acalló todas las voces. Nadie se atrevió a plantarle cara o intentar defenderse. Todos se quedaron como petrificados mientras les vaciaba los intestinos sobre la tarima del suelo. Al alcalde lo rajó de parte a parte y a los doce concejales de arriba a abajo. La anteúltima en morir fue la secretaria del ayuntamiento que distrajo con sus piernas al asesino, pero el filo del cuchillo de Juan Mendrugo no se detenía ni siquiera ante la belleza y continuó imperturbable su recorrido. El último, el gobernador, que temblaba como una hoja de otoño antes de caer del árbol.
-Pero..., ¿por qué hace usted todo esto? -balbuceó.
Juan Mendrugo le miró como se mira a una rata, y antes de apretar el cuchillo contra su estómago, respondió:
-Porque la sopa de las monjas no tiene carne ni alimento, sólo agua templada con cuatro verduras flotando. Por eso. ¿Le parece poco?

Juan Mendrugo despertó de su ensueño. Casi todos los mendigos se le habían adelantado en la cola de la sopa de caridad. Y cuando le llegó el turno, el caldero de la monja se había vaciado.

Amado Gómez Ugarte

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