22 Diciembre 2006
Se habla mucho de los hombres lobo y muy poco de los hombres oveja. Y, sin embargo, lo que más abunda son los hombres oveja, que resultan mucho más dañinos, porque son reales, terriblemente ciertos y mortíferos para la especie humana, para la inteligencia de la especie humana, quiero decir. Y que conste que no tengo nada contra las ovejas, sufridas hembras del carnero y madres de corderos y borregos. La utilización que hago de su nombre es nada más que un simbolismo, un tropo. Pero sirve muy bien para alegorizar ciertas actitudes humanas de gregarismo colectivo, que ya fueron definidas por filósofos como Max Horkheimer y Theodor Adorno, cuando hablaban de los conformistas, que prefieren vivir obedeciendo órdenes antes que afrontar las dificultades cotidianas.
Al hombre oveja le gusta asociarse, saberse parte de una masa social. Para realizarse como persona, necesita sentirse pueblo, nación, integrante de una totalidad: cifra de una estadística, palabra de un discurso, gota de lluvia en un chaparrón. Es candidato inagotable a todo tipo de asociaciones: plataformas, agrupaciones, sindicatos, federaciones, cofradías, pandillas, mesnadas, peñas, comités, asambleas, tropas, sectas, etc. Es el ser menos independiente del mundo, aunque pertenezca a algún grupo independentista. Se le maneja en rebaño. No tiene opinión propia ni propiamente opinión. Se mueve por consignas y dictados. Firma donde haya otras firmas, grita cuando gritan los demás y calla cuando impera el silencio. Le encanta asistir a manifestaciones patrióticas, mítines políticos y campos de fútbol, allá donde muchas gargantas corean reiterativas las mismas frases hechas. No lee. Viste y calza según la norma indumentaria de su estado social y de su congregación ideológica. Y piensa, porque se lo han sugerido, que los que no son como él, de su misma raza, partido político y equipo de fútbol, son enemigos propios y del sistema. Incluso enemigos a batir.
Si dejamos que los hombres oveja dominen nuestras ciudades, la humanidad acabará convertida en una masa uniforme, un horrible monstruo totalitario que atropelle toda divergencia que le salga al paso. Da escalofríos sólo pensarlo. ¿Seremos devorados por los hombres oveja?
Amado Gómez Ugarte
servido por amagomis
4 comentarios
compártelo
21 Diciembre 2006
Juan Mendrugo se abrió paso entre la gente que hacía cola esperando la ración de sopa de la caridad. Empujó a un tipo flaco y mal vestido que alargaba su cazo en dirección a la monja. Lo quitó de en medio y se puso en su lugar. La monja era una anciana medio ciega y casi sorda, que no distinguía un mendigo de otro. Nadie protestó. Juan Mendrugo llevaba sujeto al cinto, de modo bien visible, un cuchillo de hoja grande. Probó la sopa y escupió.
-Agua templada con cuatro verduras flotando -dijo-. Mejor morir de hambre que comer esto...
Y arrojó la sopa contra los que le observaban. Luego miró a su alrededor con ojos inyectados en ira y sacó la navaja del cinto. Los que hacían cola se dispersaron calle arriba, y se quedaron solos él y la monja.
-Son unos malagradecidos -dijo la monja-. Marcharse así, sin dar siquiera las gracias... ¿Quiere usted un poquito más?
Al entierro de la monja asistieron todas las hermanas del convento, el capellán y la mujer del alcalde, que era muy devota. Al concluir la ceremonia, a la salida de la iglesia, un hombre malcarado y con la ropa sucia se acercó a los presentes y con gran soltura y tranquilidad pasó a cuchillo a las nueve monjas. Nadie se lo impidió. Eran todas mayores y corrían poco. Los curas estaban más ágiles y salieron al trote. La mujer del alcalde llevaba un vestido largo que le obligaba a dar pasos cortos, intentó remangarse, pero ya era demasiado tarde. Unos metros más allá de la plaza, Juan Mendrugo la alcanzó.
-¡No me mate! ¡No me mate! -gritó la señora-. Soy la mujer del alcalde, y doy limosnas para que los pobres, como usted, coman la sopa del convento.
Al entierro de la mujer del alcalde acudieron todas las personas importantes de la ciudad. Incluso el gobernador y su señora y los doce concejales del municipio. La iglesia estaba repleta y no quedaba un banco libre. El alcalde llevaba unas gafas oscuras que le permitían mirar las piernas de la secretaria del ayuntamiento, esas piernas tan bien formadas en las que esperaba pronto posar sus garras de viudo. Un coro de mujeres pías entonaba un canto fúnebre. De pronto se abrió la puerta del templo y entró un hombre con un cuchillo en la mano, que cerró la puerta por dentro. Se hizo un silencio sepulcral y todos se arrimaron a las paredes. Juan Mendrugo comenzó por la pared de la derecha y fue destripando gente hasta llegar a la de la izquierda. En el altar se entretuvo un rato con el cura y el monaguillo, y después subió al coro y acalló todas las voces. Nadie se atrevió a plantarle cara o intentar defenderse. Todos se quedaron como petrificados mientras les vaciaba los intestinos sobre la tarima del suelo. Al alcalde lo rajó de parte a parte y a los doce concejales de arriba a abajo. La anteúltima en morir fue la secretaria del ayuntamiento que distrajo con sus piernas al asesino, pero el filo del cuchillo de Juan Mendrugo no se detenía ni siquiera ante la belleza y continuó imperturbable su recorrido. El último, el gobernador, que temblaba como una hoja de otoño antes de caer del árbol.
-Pero..., ¿por qué hace usted todo esto? -balbuceó.
Juan Mendrugo le miró como se mira a una rata, y antes de apretar el cuchillo contra su estómago, respondió:
-Porque la sopa de las monjas no tiene carne ni alimento, sólo agua templada con cuatro verduras flotando. Por eso. ¿Le parece poco?
Juan Mendrugo despertó de su ensueño. Casi todos los mendigos se le habían adelantado en la cola de la sopa de caridad. Y cuando le llegó el turno, el caldero de la monja se había vaciado.
Amado Gómez Ugarte
servido por amagomis
1 comentario
compártelo
20 Diciembre 2006
Algunos cuentos muy breves
de Amado Gómez Ugarte
MORIR DE AMOR
Érase un hombre que vivió toda su vida enamorado en silencio de una mujer. Hasta que un día, el último día, le declaró su amor. Ella dijo sí o dijo no. Daba igual cuál fuese su decisión, pues ambas respuestas habrían de llevarlo a la muerte. Una de gozo y la otra de tristeza.
BESOS DE PELÍCULA
Le robé un beso en el cine, mientras Humphrey Bogart morreaba a Lauren Bacal. El acomodador me sacó a empujones y me dijo que no volviera hasta que tuviese un trabajo fijo y dinero suficiente para la entrada del piso. El acomodador era su padre...
BAR DE COPAS
La camarera se aflojó el primer botón de la camisa y yo tomé el primer whisky. Pero me fue mal la noche. Tenía más botones esa camisa que wkiskis yo podía soportar.
GUERRAS
Cuando regresó victorioso de la guerra, había perdido el empleo, su novia se había casado con otro y alguien de su familia había esquilmado sus ahorros. Las guerras siempre se pierden.
CIUDADANO EJEMPLAR
Se empeñó en ser un ciudadano ejemplar. Pagaba sus impuestos con prontitud, reciclaba la basura y la depositaba en los contenedores apropiados, recogía la caca de su perro, no aparcaba nunca en doble fila, dejó de fumar, de beber alcohol, de mirar las pantorrillas a las mujeres y de leer libros de escritores desconocidos, comenzó a acudir a las juntas generales ordinarias de su comunidad de vecinos y a votar a mano alzada sobre la conveniencia de pintar el portal y cambiar las bombillas de la escalera, e incluso llegó a tomar la palabra en una reunión de viejos amigos para opinar de manera ponderada sobre la situación política local. Murió de modo prematuro, sin causa aparente. Simplemente se había convertido en un cadáver.
servido por amagomis
10 comentarios
compártelo
20 Diciembre 2006
Maldita perra. Le había advertido mil veces que no estaba dispuesto a soportar por más tiempo su manía de levantar la pata en cualquier sitio y soltar su orina. Pero ella no hizo caso, y en la primera oportunidad que se le presentó, volvió a hacerlo. La monja nos estaba vigilando, como todos los días. Perseguía con la mirada nuestro paseo matutino a lo largo del jardín del sanatorio. Yo llevaba a Lady Di sujeta a su correa imaginaria, porque me habían prohibido sujetarla del cuello con una cuerda de verdad, y ella correteaba a cuatro patas olisqueando los geranios y lamiendo el agua de los charcos. El día estaba claro y la temperatura de abril era agradable. Los compañeros de paseo no se acercaban a nosotros, porque temían que la perra les orinase en la pernera de los pantalones, como era su costumbre. Einstein nos seguía a unos pasos, con precaución, relativizando las distancias. Borges contemplaba ensimismado su aleph, que era un minúsculo espejito de baño, y presumía de estar viendo reflejado en él el mundo entero con todas sus criaturas reales e imaginarias. Emily Dickinson iba repitiendo su frase favorita: "Objeta y serás peligroso de inmediato, asiente y serás cuerdo". Marcel Proust se quejaba del desayuno, porque servían café con leche en lugar de té para untar las magdalenas. Y Mia Farrow le lanzaba escupitajos a un tipo que tenía un cierto parecido con Woody Allen. Pero nadie se nos acercaba. Lady Di se detuvo un momento y todos detuvieron su paso. Luego, volvió a andar y todos caminaron. La monja parecía uno de esos seres satisfechos, que como no han conocido nada de la vida, ni el sexo ni el dolor, ni el hambre ni el odio, se sentían felices en su ignorancia pensando que los demás éramos unos seres viles, carcomidos por el pecado, por los que sentir piedad y tal vez un poco de repulsión. "No se detengan", gritaba. "A paso ligero, hagan ejercicio que les vendrá bien". Dios iba el último de la fila, vestido con ropas de mujer y unos zapatos de tacón con los que apenas sabía andar, dando constantes tropiezos. "Hay que saber estar con los tiempos", murmuraba con resignación. "Ahora Dios es una mujer". Fue entonces cuando la perra se revolvió, librándose de la correa, y salió a toda prisa en dirección a la monja. Nada más llegar junto a ella le orinó sobre el hábito. Sor Teresa se quedó inmóvil, como petrificada, no supo reaccionar mientras la perra le vaciaba el contenido de su vejiga. Durante un momento parecía que el mundo se hubiera detenido. Nadie se movía. Hasta los pájaros cesaron de cantar. Luego se escuchó el grito de horror. La monja sufrió un ataque de histeria y otras monjas aparecieron en el lugar. Lady Di fue reducida de inmediato. La encerraron en el cuarto oscuro y nunca más supe de ella. A mí, que era su dueño, me condenaron a pasar el resto de mis días con una tipa con cara de caballo que decía ser Camila Parker Bowles.
Amado Gómez Ugarte
servido por amagomis
sin comentarios
compártelo
20 Diciembre 2006
Te ocupas de tu hogar, de tu trabajo, de los ascendientes que de ti dependen, de los descendientes que de ti dependen, haces con resignación la declaración de la renta, pagas el IVA en las facturas, votas aunque sea sin muchas ganas, has dejado de fumar, le abres la puerta del portal al cartero que sólo te trae facturas y malas noticias, no aparcas en doble fila ni en ninguna fila porque no hay manera de aparcar, no le miras el escote a la cajera del supermercado o se lo miras muy poco, compras de vez en cuando un libro como quien da limosna para que los escritores no se mueran de hambre, te molestas en leer en el periódico algo más que las páginas de deporte, acudes en ocasiones a las actividades culturales de tu municipio, aunque sean recitales de poesía, que te producen somnolencia y te dejan el cuerpo como desmayado para un buen rato, haces gasto equilibrado entre las tiendas del barrio y las grandes superficies para que todos tengan su parte del negocio, sabes usar el lavavajillas, la lavadora, la freidora, el microondas y si es necesario incluso la olla ultrarrápida, no escupes ni golpeas a los cajeros automáticos cuando están fuera de servicio, si conduces por la ciudad cedes en ocasiones el paso a los peatones en los pasos de cebra y no te saltas demasiadas veces los semáforos, si conduces en carretera no pasas de la velocidad permitida salvo que tengas prisa y no utilizas el teléfono móvil mientras conduces a no ser que te suene o tengas que llamar a alguien, en ocasiones sacas la basura en bolsas bien cerradas y a horas convenientes, no como otros vecinos que lo hacen siempre en bolsas rotas y a cualquier hora, te quedas dormido a menudo en el sillón viendo la tele pero no roncas demasiado, acompañas a tu mujer al ginecólogo e incluso a las tiendas de ropa femenina y esperas paciente, o al menos sin hacer aspavientos exagerados, mientras ella permanece minutos que parecen horas metida en el probador, cuando sale le dices que el vestido le sienta muy bien porque a ella todo le sienta muy bien y dices esto sin afectación, de manera que parezca sincero y verosímil, madrugas aunque sea sábado, domingo o fiesta de guardar y sacas al perro a dar un paseo y haces uso de los servicios de recogida de heces caninas sobre todo si hay alguien mirando, te palpas el bulto del estómago antes de tomar la cuarta cerveza y decides hacer deporte que es muy sano, no haces deporte pero lo intentas desde el sillón, eres un padre responsable y no hablas mal de los profesores de tus hijos delante de los niños y si éstos te han oído algún comentario inapropiado es porque tienen el oído muy agudo, procuras no emplear palabrotas ni groserías al hablar a no ser que te des con el martillo en el dedo o alguien te lleve la contraria, no te metes en política porque opinas que la política es cosa de fulleros y porque jamás te lo han ofrecido, ayudaste una vez a un anciano a cruzar la calle y nunca le has robado a un ciego. En definitiva, eres un ciudadano ejemplar y el mundo debería agradecértelo. Eso, al menos, piensas tú. Pero tu historia no interesa a nadie, porque lo que ahora importa, lo que la sociedad valora con amplios índices de audiencia, no son los ciudadanos ejemplares sino los sinvergüenzas, los canallas, que ocupan a todas horas la pantalla del televisor contando sin pudor y sin decoro la podredumbre de sus banales vidas y cobrando por ello más dinero del que tú ganarás nunca trabajando honradamente. Por eso, a veces dudas de si no serás un pobre tonto que nunca será nadie porque eligió el camino equivocado. Y te entran ganas de engañar a Hacienda, de atracar un banco, de ponerle los cuernos a tu señora, y luego contarlo todo en la televisión. En definitiva, de hacer algo inútilmente útil.
Amado Gómez Ugarte
servido por amagomis
sin comentarios
compártelo